El Abismo

abismocolumnRespuesta a Ricardo Moreno

En primer lugar, permítame congratularle por tomar este espacio para dar a conocer su punto de vista concerniente a un tema que, aparentemente, le preocupa lo suficiente como para quitarle el peso que per se ha obtenido un cierto fenómeno –porque también en la política actúa, en una singular metafísica, una especie de fuerza de gravedad–. Cualquier persona tiene derecho a expresar su opinión, y el que un político lo haga en un medio como este, es de aplaudirse.

Dicho esto, intrínsecamente el político debe estar consciente de que eso lo somete a críticas más directas, pues en este medio también tenemos la fortuna de colaborar y tener voz ciudadanos de distintas ideologías, y, como es el caso particular de un servidor, orgullosa y felizmente apartidista.

Con esto, aprovecho el espacio que también se me ha dado para responderle como ciudadano “de a pie” en su intervención denominada “La última jugada del PRI”, y me disculpo por adelantado, pues mi discurso será igual de visceral y directo como lo ha sido siempre. Si hay algo que detesto, con cada fibra de mi ser, es la hipocresía, y lo mismo seré brutal con usted que lo sería con cualquier político al que tenga que decirle algo, sea del partido que sea. Con ello, me disculpo también por lo que bien pudiera considerarse una “intromisión”.

Su discurso inicia con el escepticismo de que ya varios comentaristas nos hemos percatado del crecimiento sorprendente que ha tenido el candidato perredista Juan Manuel Zepeda Hernández en este patético reality show que tozudamente denominamos “elecciones”, llamando a guardar “la debida proporción” en ello. En esta parte explicaré de donde viene tal interés en su crecimiento, por supuesto, hablando por mí y a partir de lo que he investigado y observado; sería injusto hablar por mis colegas, decididamente mucho más doctos y experimentados en esto.

Juan Zepeda inició una campaña perdida. Fue el último candidato en registrarse, y cuando lo hizo, no contaba con el respaldo mayoritario de su partido. Contendientes como Eduardo Neri y Javier Salinas, seguros de que iban a ganar, rechazaron adherirse a su campaña. Vaya, incluso Neri se salió del PRD. A esto sumemos la escandalosa omisión del famoso departamento de la dirigente nacional, Alejandra Barrales. A ello sumemos también la erosión del partido del sol azteca, para engrosar las filas del lopezobradorismo. Cuando el barco hace un poco de agua, hay una especie que es la primera en abandonarlo.

Con ello podemos decir que Zepeda no tenía que perder. No era un candidato lo bastante puntero para ser blanco de una “guerra sucia”, así que concentró esas energías en algo que pedimos de todos los candidatos: proponer.

Mientras Del Mazo, Delfina y Josefina gastaban energías y dinero en decir cosas uno del otro, Zepeda –quien también soltaba una que otra declaración al respecto de los demás candidatos, en honor a la verdad–, trazaba propuestas integrales, con causa-efecto.

La mejor parte es que lo hizo solo, al menos al principio. Las principales personalidades del PRD, pareciera que le dieron la espalda, no aparecían en los actos de campaña.

Vaya, incluso ha iniciado sus intervenciones en los dos primeros debates (el extra oficial de Loret de Mola y el primero del IEEM) apelando a la democracia y a que la gente elegirá al próximo gobernador o gobernadora. Como usted lo dijo, pero evidentemente con un talante muy distinto, Zepeda no ha sido tan objeto de ataques por el bajo perfil con el que inició. Hoy la historia es muy distinta.

Tan es así, que el dirigente del partido que usted representa, hizo un llamado a los candidatos “de izquierda” a declinar a favor de Gómez y los candidatos de Nayarit y Coahuila. Sobra recordar que nadie acudió al llamado, principalmente con la terrible arrogancia con la que López Obrador hizo el mismo.

Cualquier llamado a declinar en favor exclusivamente de quien hace el llamado es pedir traicionar los potenciales votos que, dicho sea de paso, les ha costado mucho trabajo a los otros candidatos. Insisto con Zepeda, él ha construido una campaña a partir de su persona y de sus logros como presidente de Nezahualcóyotl. No requirió el soporte popular del presidente nacional del partido apareciendo en el 53% de sus spots como una cara reconocible tras más de una década de hacer campaña.

No nos hagamos, las elecciones son un concurso de popularidad; las encuestas también basan sus datos en el reconocimiento, negativo y positivo, que el electorado tiene de los candidatos.

Esto nos lleva a un dato en el que, con la frialdad que se presenta, concuerdo con usted: Zepeda será el perredista menos votado. La razón de ello son lógica y matemáticas elementales. Por supuesto que va a ser el candidato menos votado, cuando el voto está fragmentado en 6 opciones distintas; tanto así, que bastarán apenas 1.5 millones de sufragios para darle la victoria a un candidato. Esto, por cierto, es triste, pues gane quien gane, no será por una mayoría.

Para usted, eso significa hacerle el trabajito al PRI-gobierno. A ver si ponemos las cosas en claro: Un voto que no va a Morena no es un voto desperdiciado, siempre y cuando sea producto de un ejercicio democrático informado. Si hubiese más información objetiva, Juan Zepeda tendría mayor cobertura y percepción y quedaría de manifiesto que él es la opción “menos peor” para desterrar al PRI del Estado de México de una vez por todas. Lo que molesta a algunos, es que no sea de Morena.

Y en lo siguiente seré muy explícito: Ya la ciudadanía informada está cansada de que quieran pintar nuestro estado del color de unos cuantos. Rojo, azul, amarillo o guinda, no somos botín político de nadie. Ni de Delfina, ni de Zepeda, ni de Del Mazo. Tenemos nuestros propios problemas para que ustedes, los partidos, quieran usarnos de conejillos de indias con miras al 2018. Y mientras exista una sola persona consciente de ello, sabré mis palabras no se habrán perdido en la eternidad.

Pues el discurso de su partido me parece igual de ruin que el discurso del miedo que el PRI ha esgrimido durante tanto tiempo. El discurso lopezobradorista de “conmigo o contra mí” se ha insertado a tal punto en la mente de la gente –cual aguja hipodérmica, desde las teorías de Harold Laswell–, que vivimos en una terrible polarización.

No comulgar con el proyecto de nación de una persona –y peor, con el hecho de que todo gravite alrededor de esa persona– no significa, de ningún modo, estar coludido, comprado, etcétera. Hay gente allá afuera que está más allá de etiquetas y motes como “derecha”, “izquierda” o incluso “chairo”. Y tristemente esa gente ni siquiera es consciente de que lo está. Lo último que necesitamos es ver a priístas y morenistas sacándose los ojos en redes sociales. Si bien comparto el repudio al partido en el poder, también estoy consciente de que como ciudadano debo exigir mejores candidatos, a través del ejemplo y de una correcta práctica cívica, por eso, y muchos otros motivos el discurso del dirigente de Morena no me convence. ¿Acaso el saber que la corrupción es una práctica con más de 400 años de vigencia en México, que ha provocado medidas como las reformas borbónicas en el siglo XVIII; y estar consciente de que no es algo que se va a acabar con el primer día de mandato de una persona que desacredita a sus contrincantes casi a gritos me hace en automático militante del Revolucionario Institucional?

Por último, espero que no considere esto como una afrenta a sus ideales y su partido con lo expuesto ut supra. Cualquier otro partidista, créame, tendría el mismo resultado conmigo, puede que incluso peor. Hacemos lo que debemos.

Post Scriptum: Si tiene la autoridad de hacerlo, no vuelvan a poner ejemplares de Regeneración en la puerta de mi casa, por favor. La redacción es pésima, las notas redundantes y con faltas de ortografía. Cumplí mi cuota de información leyéndolos, y no hay un tronco común, me temo.

Héctor Castañeda

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