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Artículo: Nuevo Santo Mexicano

El Papa Francisco canonizó el pasado domingo 16 de octubre en misa solemne a un nuevo santo mexicano: José Luis Sánchez del Río, lo que significa que se ha elevado a los altares a uno de los hijos predilectos de la Iglesia Católica en México, y por lo mismo es digno de veneración por parte de los fieles de toda la Iglesia, es decir, de los fieles de todo el mundo, y a la vez es declarado como ejemplo en grado heroico de las virtudes cristianas.

San José Luis Sánchez del Río nació el 28 de marzo de 1913 en la población de Sahuayo, Michoacán, donde además recibió el bautismo el 3 de abril del mismo año y posteriormente recibiría la confirmación y la primera comunión.

José conoció la pobreza y el trabajo duró desde pequeño, pero eso no impidió que fuera un niño normal que jugaba como todos los niños, corría, saltaba, echaba canicas, y así mismo vivía su fe católica de manera ferviente, que puede leerse también de manera ordinaria.

Sucede que cuando tenía 12 años estalló la persecución religiosa en México (1926-1929), bajo la presidencia del General Plutarco Elías Calles, que llevó a varios católicos a la defensa de sus derechos, primero por vía pacífica, después con las armas y finalmente con la propia sangre.

José tenía un fervoroso deseo de sumarse a las fuerzas en defensa de la libertad religiosa a pesar de su corta edad, solía decirle a su mamá: “nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo”, y con apenas 13 años se enroló al ejército cristero bajo el mando del general Prudencio Mendoza, inmediatamente se destacó por su servicio en el campamento cristero, engrasando armas, friendo frijoles y cuidando de los caballos.

En uno de los combates donde asistió el 5 de febrero de 1928, las fuerzas federales mataron al caballo del jefe Guizar Morfín, a quien José le ofreció su caballo diciéndole: “yo no hago falta y usted sí”, Morfín pudo ponerse a salvo pero José fue hecho prisionero junto a otro muchachito llamado Lázaro.

Desde la prisión municipal, mando una carta a su madre, en la que decía, entre otras cosas: “Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios; yo muero muy contento, porque muero en la raya al lado de nuestro Dios”.

Posteriormente el 10 de febrero de 1928 lo martirizarían por no haber renegado de su fe católica, aparte de haberlo golpeado salvajemente, le cortaron las plantas de los pies y lo hicieron caminar sobre terracería hasta el cementerio del pueblo, donde le fusilaron, no sin antes decir: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!, eran las 11:30 de la noche.

El ejemplo de este niño, se suma al de los grandes mártires mexicanos que dieron su vida por la causa de Dios y de la Patria, y se suma además al índice de los Santos de la Iglesia Católica, como un gran mártir, es decir un testigo de la fe en Cristo.

Su elevación a los altares ha de ser ejemplo para todos los jóvenes católicos en particular, y a todos los mexicanos en general, por su valentía y heroicidad que selló con su propia sangre. Un gozo sin duda para el pueblo de Sahuayo, Michoacán (el fin de semana pasado todo el pueblo se volvió centro turístico y de peregrinación engalanando la canonización con misas de acción de gracias, conciertos y demás eventos culturales y religiosos) y una gloria para todos los mexicanos.

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